Ésta historia es una de las tantas que envuelven al poblado de Poncitlán, sucedió en el siglo pasado, cuando dicho pueblo aún era pequeño, sus noches transcurrían tranquilas, a penas iluminadas por la lucha y muy silencias; su plaza estaba adornada con naranjos, había algunas bancas de burda manufactura y un kiosco destartalado. En el centro vivían las familias más adineradas y en los alrededores del pobradito vivían las familias de origen más modesto.
Poncitlán estaba dividido en dos sectores, del templo al oriente estaba el Barrio del Santa María (aún existente hasta nuestras fechas) y al poniente estaba el barrio de San Francisco; la orilla del sur no llegaba más allá de la actual calle Reforma misma que antes llegaba al camino real y actualmente llega al Panteón. No existía ningún barrio más.
En aquel entonces, la función del “sereno” la hacían los mismos pobladores, dos de cada barrio que eran relevados cada mes, esos pobladores se encargaban de hacer rondines por el pueblo cada noche para revisar que todo estuviera en orden y su grito más conocido era, por ejemplo: “las 12 y todo sereno”, así la gente podía estar tranquila o si había algún inconveniente no pasaba desapercibido.
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