Existen varias leyendas sobre este lugar, pero la más popular relata la historia de un matrimonio que adquirió la casa a principios del siglo XX. Poco después de la boda, la pareja estuvo a punto de naufragar en un viaje a Europa.
Ambos prometieron que si uno de ellos moría, el otro debería rezarle un rosario durante el aniversario luctuoso. Ambos salieron vivos del viaje y al regresar a México, Ana González —la esposa— mandó traer dos esculturas en forma de perro desde Nueva York para que protegieran la casa. No obstante, al poco tiempo Don Jesús Flores —el esposo de Ana— falleció. Ella decidió casarse de nuevo y olvidó la promesa que le había hecho a su marido.

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